¿Qué sigue después? ¿Hacia dónde ir?
Salomón llegó a ser el hombre más sabio del mundo, más rico, más respetado, hizo grandes construcciones, escribió libros de sabiduría y teniendo todas las herramientas que ser rey ofrece, sintió que había logrado todas las metas que una persona puede alcanzar y entonces, en algún punto se preguntó: “Y ahora qué sigue? ¿Qué más hay?”
En ese momento Salomón pasó por un periodo de crisis existencial y todo ese proceso lo escribió en el libro Eclesiastés, que en la Biblia aparece después de Proverbios. Él escribió Eclesiastés antes de desviarse a la idolatría que le cambió la mentalidad y la forma de ver la vida, así que se considera un libro inspirado por Dios.
En Eclesiastés, Salomón va relatando todo ese proceso de confusión por el que pasó, cómo cayó en un momento de sentir que ningún esfuerzo vale la pena, que el hombre se esfuerza muchísimo por lograr metas que al final no tienen sentido. Cada meta que lograba era más grande que la anterior pero después de alcanzarla, sentía vacío y sentía que todo el esfuerzo invertido había sido en vano.
Así que siguió pensando y analizando hasta que se dio cuenta de que para todo hay un tiempo correcto. Eclesiastés 3:1 dice “Para todo hay un tiempo determinado; hay un tiempo para cada actividad bajo los cielos”, frase que se repitió y en los países hispanohablantes se convirtió en el dicho popular “Los tiempos de Dios son perfectos”. Es decir, al final, todo sucede por algo y para algo, en el momento preciso. Eso no quita nuestro libre albedrío ni la posibilidad de que cometamos grandes errores, por eso necesitamos pedirle a Jehová sabiduría y guía. Significa que todos debemos pasar por un proceso de crecimiento y maduración.
Si Jehová nos da guía podremos obtener la mejor versión de nuestra vida. Actualmente estamos en una vida imperfecta, llena de seres imperfectos, con todos cometiendo errores aquí y allá, en los que se acumula tanto el error del cercano como del extraño, además, la vida es corta y la salud frágil. Las personas pueden fácilmente caer en la sensación de que todo está perdido, que nada vale la pena o que han desperdiciado su vida. El mismo Salomón dice “Llegué a odiar la vida”, “Llegué a odiar todo por lo que había trabajado tan duro”. En cualquier momento se puede caer en esos pensamientos que suelen ser un bucle descendiente, pero no por algo, que en realidad es un pensamiento pasajero, hay que quedarse atrapado en ese fango.
El mismo Salomón analiza y se da cuenta de que cuando se está con Jehová, se confía en él, se le pide paz interior, se le pide guía en los momentos de confusión, se reconocen los errores propios y se reconoce el vacío de las metas materiales y la importancia de lo espiritual, entonces te das cuenta de que vienen las recompensas que Jehová va dando en esta vida. Esto es: disfrutar lo delicioso de una comida, disfrutar el resultado de tu arduo trabajo, disfrutar de una buena amistad y en general, disfrutar de una buena vida, en sus diferentes etapas. Por sí solo, un plato de comida o un pequeño trabajo, parte de tu rutina diaria, no es algo extraordinario, pero es donde puedes medir cómo está tu estabilidad emocional o paz mental desde los primeros momentos.
Cuando alguien cae en depresión no comienza con el descuido a sí mismo o las ideas catastróficas, esas son ya las etapas avanzadas. Comienza con los pequeños detalles que los demás no notan. Son las que debemos notar nosotros mismos y darnos cuenta de que algo no está bien, desde el punto donde es fácil revertirlo. Una de las primeras señales es la anhedonia, es decir, perder el interés o dejar de disfrutar las cosas que antes nos gustaban, dejar de amar lo que amábamos, perder el fuego interno y la pasión por hacer las cosas. Es ese momento cuando el hobby se convierte en trabajo, cuando comer se convierte en un deber, cuando la compañía incomoda, cuando nada despierta pasión, todo cansa y todo se siente como una obligación.
En ese punto, te detienes y le preguntas a Jehová: “¿Qué está pasando conmigo? ¿Por qué estoy sintiendo esto?”
Salomón se dio cuenta de que al estar bien con Jehová se vivía en ese estado en el que un simple plato de comida le llenaba de gran satisfacción y placer, tenía paz. No eran necesarias grandes cosas majestuosas para ser feliz o sentirse realizado. Solo se necesita la paz de saber que estás bien con Jehová y un simple pedazo de pan se convierte en el placer más grande. Pero ¿cómo se está bien con Jehová? ¿Cómo se alcanza eso?
Podemos pensar que la Biblia está llena de reglas y mandamientos, imposibles de cumplir todos. Cuando logras uno fallas en otro, y si a esto le sumamos todas las reglas, rituales, juicios y obligaciones que las religiones agregan (en su mayoría innecesarios), todo se vuelve una carga muy pesada. Somos imperfectos y si tratáramos de ser perfectos y corregir todos nuestros defectos en un día, solo nos enfrentaríamos a fracaso tras fracaso. Ese sistema golpea muy duro en la autoestima y solo lleva a sentimientos de culpa, vergüenza, autocastigo o darse por vencido y abandonar todo. Pero existe algo que debemos mantener en mente: La bondad inmerecida de Jehová.
¿Qué es “la bondad inmerecida”? Es el regalo que Dios nos da. Es ese momento en que Jehová, quien te creó con amor y te conoce hasta lo más profundo, te perdona tiernamente cuando te ve esforzarte por corregir tus errores y pulir tus defectos. Así como un padre sonríe tiernamente cuando ve a su hijo dar los primeros pasos y volver a levantarse aunque se caiga una y otra vez. Sabiendo que es solo un bebé no le dirá “Oye, tienes que hacerlo sin caerte!”. No. El padre entiende las capacidades de su hijo acorde a su edad y cómo va creciendo. No le dirá a un bebé de 3 meses “Tienes que alimentarte solo” o “Tienes que escribirme un tratado sobre física”. Aunque sí le dirá a un niño de 5 años: “Ya debes comer comida, no puedes seguir tomando solo leche. Ya debes pasar a la siguiente etapa de tu crecimiento”, pero si ese niño de 5 años, sale a jugar y, corriendo, se vuelve a caer como se cayó cuando era un bebé, no lo va a regañar por eso. Si la caída le causa al niño un raspón en la rodilla y regresa llorando, le curará la herida con toda paciencia y cuidado. Incluso si ese niño se ha convertido en un viejo, le seguirá diciendo: “Ten cuidado por donde pisas. Ten cuidado de no caer”.
Jehová es eso, es el padre amoroso que está para darnos consejo y guía todo el tiempo. Es en quien podemos poner todas nuestras nuestras preocupaciones y dejar nuestros problemas en sus manos. Sumado a todo eso (que ya es un regalo muy grande), está la bondad inmerecida, la gracia divina, es decir, lo que Jehová nos da incluso si no lo merecemos realmente, solo por que él nos ama. Esto es: el perdón de nuestros pecados, la comprensión sobre nuestros defectos, la paciencia cuando cometemos el mismo error una y otra vez, la conciencia de nuestras necesidades específicas y especiales. Desde los más grandes errores hasta los pequeños errores. Eso que todos los humanos tenemos y hacemos día tras día puede ser perdonado por bondad inmerecida. Por nuestras propias acciones y méritos no alcanzaríamos nada, y sin importar cuánto nos esforzáramos quedaríamos con vacío, pero gracias a la bondad inmerecida, podemos alcanzar todo lo que vale la pena, es decir, la salvación, la vida eterna.
En el libro de Juan, capítulo 16:21-27, Jesucristo le dijo a sus discípulos, los apóstoles:
21 Cuando una mujer está dando a luz, siente dolor porque le ha llegado la hora. Pero, cuando ya ha dado a luz al niño, la felicidad de que un niño haya venido al mundo hace que se le olvide todo el sufrimiento. 22 Lo mismo pasa con ustedes. Ahora están muy tristes; pero yo volveré a verlos, y el corazón se les llenará de felicidad y nadie les podrá quitar su felicidad. 23 Y ese día no me harán ninguna pregunta. De verdad les aseguro que, si le piden cualquier cosa al Padre en mi nombre, él se la dará. 24 Hasta ahora no han pedido ni una sola cosa en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su felicidad sea completa.25 ”Les he dicho estas cosas usando comparaciones. Viene la hora en que ya no les hablaré usando comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente. 26 Ese día le pedirán al Padre en mi nombre. Con esto no quiero decir que yo le voy a pedir por ustedes. 27 Y es que a ustedes el Padre mismo los quiere, porque me han querido a mí y han creído que yo vine como representante de Dios.
Salomón dice una y otra vez “esforzarse por conseguir esto y lo otro en la vida no tiene sentido”, porque es una vida materialista e imperfecta, pero esforzarse por la salvación, la vida eterna en un ambiente perfecto, cerca de Jehová, sí tiene sentido.
Efesios 1:7 dice: “7 Por medio de él (Jesucristo) conseguimos la liberación por rescate mediante su sangre, sí, el perdón de nuestras ofensas, según las riquezas de la bondad inmerecida de Dios.”
Esforzarse por las metas de este mundo no tiene sentido, esforzarse por cumplir las expectativas de humanos no tiene sentido, entonces ¿qué sí tiene sentido? Es el momento en el que las religiones te dicen “Debes hacer lo que Dios manda” y comienzan a llenarte de reglas y de “No debes hacer esto”, “No debes hacer aquello”. Dan una larga lista de rituales que se deben decir coreografiados y ponen en las bocas de las personas miles de palabras que se repiten robóticamente, sin sentirlas, sin sinceridad. Entonces te dicen que si cometes un pequeño error en la coreografía del ritual o te equivocas en una frase de lo memorizado, todo se echó a perder para siempre. Te cargan y te cargan de esos rituales y de esas responsabilidades que solo son expectativas humanas, reglas de la sociedad, pero muchas ni siquiera se mencionan en la Biblia.
Jesús habla sobre esto en el capítulo 23 de Mateo. El capítulo completo
Mateo 23:1-4
1 Entonces Jesús les habló a las multitudes y a sus discípulos. Les dijo: 2 “Los escribas y los fariseos se han sentado en el lugar de Moisés. 3 Por eso hagan y cumplan todo lo que les digan, pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos dicen pero no hacen. 4 Preparan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de la gente, pero ellos no están dispuestos a moverlas ni con un dedo.
Jesús decía que los líderes religiosos (los fariseos) y los que se creen expertos en las escrituras sagradas (los escribas), al llenar a las personas de leyes y rituales exagerados hacían que las personas pecaran más y los orillaban a hacer cosas peores de las que esas personas habrían hecho por sí mismas.
Mateo 23:13 y 15
13 ”¡Ay de ustedes, escribas y fariseos! ¡Hipócritas! Porque le cierran a la gente la entrada al Reino de los cielos. Ni entran ustedes ni dejan pasar a los que están intentando entrar.
15 ”¡Ay de ustedes, escribas y fariseos! ¡Hipócritas! Porque atraviesan tierra y mar para convertir a una sola persona y, cuando esta ya se ha convertido, hacen que merezca la Gehena* el doble que ustedes.
(*La Gehena literal era un lugar al sur de Jerusalén, el basurero donde se quemaba la basura y los desperdicios, no cuerpos humanos. No es una representación de un infierno en el que se torturará a las personas entre fuego y azufre. Pero sí simboliza la muerte final, la destrucción definitiva de los seres verdaderamente malos, los que hacen actos malvados de forma deliberada, los que con conocimiento no buscan el perdón, los que están en abierta rebeldía y desobediencia contra Jehová).
Tanto Jehová como Jesucristo nos han dicho que hay que mantener prioridades. Es decir, todas las reglas de Jehová son importantes, pero unas son más importantes que otras. Tanto Jehová como Jesucristo, vez tras vez, han dicho que no por cuidar las reglas menores se descuiden las reglas principales. A muchos se les olvida qué es regla, o ley, y qué es ritual; qué es palabra de Dios y qué es palabra de humanos. Pero ¿cómo saber el orden o la prioridad de las reglas?
En una ocasión, unos escribas, es decir, los hombres que hacían copias a manos de las Escrituras y por lo tanto se jactaban de conocerlas mejor que los demás, comenzaron a hacerle cuestionamientos a Jesucristo, buscándole un error. Uno le preguntó cuál era el mandamiento más importante.
Marcos 12:28-24
28 Uno de los escribas que habían llegado oyó la discusión. Al ver que Jesús les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero (más importante) de todos los mandamientos?”. 29 Jesús contestó: “El primero es: ‘Escucha, oh, Israel. Jehová nuestro Dios es un solo Jehová. 30 Ama a Jehová tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. 31 Y el segundo es este: ‘Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo’. No hay ningún mandamiento más importante que estos dos”. 32 El escriba le dijo: “Respondiste bien, Maestro, de acuerdo con la verdad: ‘Él es uno solo, y no hay otro aparte de élʼ. 33 Y amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale mucho más que todas las ofrendas quemadas y los sacrificios”. 34 Jesús, al ver que había respondido con inteligencia, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se animó a hacerle más preguntas.
Jehová es uno solo, solo tenemos un Dios, no hay más dioses, por lo tanto se le debe amar solo a él. No desperdicies tu amor en dioses falsos que no respiran ni pueden dar aliento de vida, es como tirarle perlas a los cerdos. Piensa bien donde poner tu amor y esfuerzo.
Ama a Jehová tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo
Entonces, cuando te sientas como Salomón, que pienses que no hay nada nuevo bajo el Sol, que todo esfuerzo no tiene sentido, que ya no hay nada más allá de las metas mas altas, que no sabes hacia dónde ir ni qué más hacer con tu vida, solo recuerda que siempre hay una tarea pendiente:
Ama a Jehová tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo
Una parte de amar es la empatía. Comprender lo que el otro está sintiendo. Esto es lo que Salomón estaba sintiendo:
1 Las palabras del congregador (del que reúne o convoca), el hijo de David, el rey en Jerusalén.
2 “¡La mayor de las vanidades! (“¡Lo más inútil de todo!”)—dice el congregador—, ¡la mayor de las vanidades! ¡Todo es en vano!” (“¡Nada tiene sentido!”).
3 ¿Qué gana una persona con todo su duro trabajo, en el que tanto se esfuerza bajo el sol?
4 Una generación se va y una generación viene, pero la tierra permanecerá para siempre.
5 El sol sale (brilla) y el sol se pone; entonces regresa rápidamente (jadeando) al lugar por donde vuelve a salir.
6 El viento va hacia el sur y luego gira hacia el norte. Girando sin parar, da vueltas y vueltas… El viento sigue dando sus vueltas.
7 Todos los ríos van a dar al mar, pero el mar no se llena. Los ríos vuelven al lugar donde nacieron para volver a correr de nuevo.
8 Todas las cosas cansan, más de lo que uno puede expresar. El ojo no se satisface con lo que ve ni se llena el oído con lo que oye.
9 Lo que ha sido es lo que será, y lo que se ha hecho se volverá a hacer. No hay nada nuevo bajo el sol.
10 ¿Habrá algo de lo que se pueda decir “Mira esto, es nuevo”? Eso ya existía desde hace mucho, ya existía antes de nuestro tiempo.
11 Nadie se acuerda de la gente de tiempos antiguos ni se acordará nadie de los que vengan después; de estos tampoco se acordarán los que vengan aún más tarde.
12 Yo, el congregador, he sido rey de Israel en Jerusalén.
13 Me entregué de lleno (Lit. “Apliqué mi corazón”) a estudiar y a investigar con sabiduría todo lo que se ha hecho bajo los cielos…, la frustrante ocupación que Dios les ha dado a los hijos de los hombres y que los mantiene ocupados.
14 Vi todo lo que se había hecho bajo el sol y esto descubrí: todo es en vano, es perseguir el viento.
15 Lo que está torcido no se puede enderezar, y lo que falta no se puede contar.
16 Entonces, dije en mi corazón: “Mira, he logrado tener una inmensa sabiduría, más que todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén; mi corazón acumuló mucha sabiduría y conocimiento”.
17 Me dediqué a conocer la sabiduría, a conocer la locura y a conocer la tontedad, y eso también es perseguir el viento.
18 Porque mucha sabiduría trae mucha frustración, de modo que el que aumenta su conocimiento aumenta su dolor.
1 Entonces, dije en mi corazón: “Voy a probar el placer para ver qué gano con eso”. Pero resultó que eso también era en vano.
2 Dije de la risa “¡Es locura!”, y del placer “¿Para qué sirve?”.
3 Hice la prueba de complacerme con vino —manteniendo siempre mi propia sabiduría—; hasta me entregué a la tontedad. Quería descubrir qué era lo mejor que podían hacer los seres humanos en los pocos días de su vida bajo los cielos.
4 Emprendí grandes obras. Construí casas para mí y planté mis propias viñas.
5 Me hice jardines y parques, y en ellos planté árboles frutales de todo tipo.
6 Me hice estanques de agua para regar un bosque de árboles en pleno crecimiento.
7 Conseguí siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en mi casa. También conseguí mucho ganado —ganado vacuno y rebaños—, más que todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén.
8 Acumulé para mí plata y oro, tesoros de reyes y de provincias. Reuní cantores y cantoras para mí; también tuve lo que les produce gran placer a los hijos de los hombres: una mujer, sí, muchas mujeres.
9 Así que llegué a ser grande y superé a todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén. Y mi sabiduría siguió conmigo.
10 No me privé de nada de lo que quise. No le negué a mi corazón ningún tipo de placer. Mi corazón estaba contento por todo mi duro trabajo, y esa fue mi recompensa por todo mi duro trabajo.
11 Pero, cuando reflexioné en todas las obras que mis manos habían hecho y en todo el duro trabajo que había realizado con tanto esfuerzo, vi que todo era en vano, era perseguir el viento. No había nada de verdadero valor bajo el sol.
12 Entonces fijé mi atención en la sabiduría, la locura y la tontedad. (Porque ¿qué puede hacer el hombre que venga después del rey? Solo lo que ya se haya hecho).
13 Y vi que la sabiduría tiene más ventajas que la tontedad, así como la luz tiene más ventajas que la oscuridad.
14 El sabio tiene los ojos abiertos, pero el insensato anda en la oscuridad. Sin embargo, también comprendí que todos ellos tienen el mismo final.
15 Luego dije en mi corazón: “Lo que le pasa al insensato también me pasará a mí”. Entonces, ¿qué gané con hacerme demasiado sabio? Así que dije en mi corazón: “Eso también es en vano”.
16 Porque ni el sabio ni el insensato serán recordados para siempre. En los días por venir, todos serán olvidados. ¿Y cómo morirá el sabio? Igual que el insensato.
17 Así que llegué a odiar la vida, pues me pareció que todo lo que se hacía bajo el sol era angustioso; todo era en vano, era perseguir el viento.
18 Llegué a odiar todo aquello por lo que tanto había trabajado bajo el sol, porque tengo que dejárselo al hombre que venga después de mí.
19 ¿Y quién sabe si será sabio o tonto? Sea como sea, él controlará todo lo que con tanto esfuerzo y sabiduría he conseguido bajo el sol. Eso también es en vano.
20 Entonces mi corazón comenzó a desesperarse por todo el duro trabajo que con tanto esfuerzo había hecho bajo el sol.
21 Porque, aunque un hombre trabaje duro con sabiduría, conocimiento y habilidad, tendrá que darle todas sus posesiones a un hombre que no ha trabajado para conseguirlas. Eso también es en vano y una terrible desgracia.
22 ¿Qué gana en realidad el hombre con todo su duro trabajo y con la ambición que lo empuja a trabajar duro bajo el sol?
23 Y es que, durante todos sus días, su trabajo le trae dolor y frustración, y ni siquiera por las noches descansa su corazón. Eso también es en vano.
24 No hay nada mejor para el hombre que comer, beber y disfrutar de su duro trabajo. He llegado a la conclusión de que esto también viene de la mano del Dios verdadero.
25 Porque ¿quién come y quién bebe mejor que yo?
26 Al hombre que complace a Dios él le da sabiduría, conocimiento y alegría, pero al pecador le da el trabajo de juntar y acumular bienes simplemente para dárselos al que complace al Dios verdadero. Eso también es en vano, es perseguir el viento.
7:18 a.m. Mexico’s Time Zone (CST)
















